
POSTURA CRÍTICA
Mi práctica aborda la huella como expresión humana y escena de autoconciencia, entendida tanto como resto físico como inscripción de una experiencia interior compleja. Las improntas manuales de las cavernas paleolíticas constituyen una matriz conceptual: el gesto de plasmar la propia mano sobre la roca funciona como una primera afirmación de existencia e identidad, una conciencia de sí simultáneamente individual y colectiva.
Los sujetos se inscriben en el mundo a través de rastros modestos, contradictorios, incluso incómodos. Trabajo con restos y vestigios —marcas, manchas, objetos hallados, fragmentos fotográficos, matrices de impresión— como indicios de presencias dañadas o en fuga. La huella aparece así como un lugar donde se superponen memoria, desgaste, violencia, afecto y zonas de opacidad.
La obra se construye como un laboratorio silencioso, más cercano a la duda que a la afirmación.
Formalmente, el uso de materiales cotidianos o tradicionales y la elección de espacios domésticos o discretos responden a una ética de lo mínimo: trabajar con lo que “no debería” ser relevante —un objeto usado, una marca residual, una mancha— invitando a leer entre líneas y a encontrar aquello que permanece no dicho.
Mi trabajo transita entre pintura, dibujo, fotografía, objeto, libro de artista y acciones relacionales, concebidos como distintos modos de inscripción de la huella.
En su conjunto, la obra se configura como un campo de investigación sobre una estética de la intimidad: la búsqueda de alguna verdad en escenarios cotidianos, donde nuestras marcas —visibles, borradas o apenas insinuadas— siguen definiendo, de manera oblicua, la experiencia de un lugar en el mundo y la construcción siempre inestable de la identidad, en un territorio donde la vulnerabilidad y la responsabilidad frente a los otros se tensan constantemente.